jueves, 28 de agosto de 2008

Imagenes de la Primera Intifada

The "Break the Bones Strategy"

La Primera Intifada nos dejo innumerables imágenes de jóvenes palestinos luchando con piedras contra el ejercito mejor preparado del mundo -con permiso del estadounidense-, fue el estadillo de rabia de un pueblo masacrado y olvidado por todos, incluso por sus vecinos árabes. En diciembre de 1987 la situación en los territorios palestinos ocupados después de la Guerra de los Seis Días de 1967 había llegado al límite. Esa Primera Intifada lanzo a las pantallas de los televisores del mundo entero las imágenes de la desesperación de los palestinos. También termino para siempre con la imagen de victima que mantenía el pueblo judío desde la II Guerra Mundial.

Una de las imágenes que más impactaron a la opinión mundial fue las de unos jóvenes palestinos siendo golpeados por soldados israelíes hasta fracturarles los huesos, es lo que luego se conoció por la "Break the Bones Strategy". Esta infame técnica consistía en fracturar a golpes los huesos de los palestinos detenidos, y fue ordenada por el entonces ministro de Defensa, Isaac Rabin, quien después sería artífice junto a Yasir Arafat de los Acuerdos de Oslo de 1993, por lo que recibió el Premio Nóbel de la Paz en 1994. Rabin fue asesinado en 1995 por un extremista judío.

miércoles, 23 de abril de 2008

sábado, 15 de marzo de 2008

El “avispero” libanés

El "Ave Fenix" de oriente

El conflicto libanés es uno de los más difíciles de entender. Esto se debe ante todo a la tradicional incomprensión por parte de “occidente” de la realidad del mundo Oriental. Derechistas, izquierdistas, cristianos, maronitas, musulmanes, palestinos, armenios, drusos, Siria, Israel, norteamericanos… los actores del tablero de ajedrez libanés son numerosos. Sin embargo el mayor error de “occidente” es su costumbre de mirarlo todo desde su propio prisma. Para entender el conflicto de Oriente Próximo, del que forma parte el Líbano, hay que conocer que hay detrás de cada término, para de esa manera usarlo con rigor. Hay que saber hay detrás del término maronita para entender el porqué de las posturas tomadas por esa comunidad. Para esto hay que conocer su historia, pero occidente parte de su propia historia para analizar la historia de estos estados.
Eduardo Galeano escribió: “Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio, desde una cumbre de Panamá, los dos océanos. Los que allí vivían, ¿eran ciegos?”. Galeano describe con ironía la posición de los europeos ante el descubrimiento de América, llegaron ellos y trajeron la civilización, antes de ellos la nada. Del mismo modo el Líbano ha sido descrito como un estado nuevo producto de la época colonial, surgido tras el fin de la I Guerra Mundial, antes de ellos la nada. Un estado nuevo, por lo tanto sin una continuación histórica. Sin esta continuación histórica es imposible entender el Líbano actual.
Historia del Líbano, un país inventado
La guerra civil no tuvo su origen, como se ha dicho, en la llegada de los refugiados palestinos que puso en peligro el frágil equilibrio libanés. Las guerra de 1975 tiene su origen y explicación en 1920. Si el origen de la guerra se encuentra en 1920, se sitúa, por tanto, cuando se inició la época colonial. Las causas de la misma son, por tanto, “occidentales” no orientales. Todo comienza en 1916 con el acuerdo Sykes-Picot en él Inglaterra y Francia se reparten el Asia otomana, pensando ya en la derrota del Imperio Otomano en la I Guerra Mundial. Otro tercer estado firma ese acuerdo, sin embargo permanece en la sombra. Ese estado es el Vaticano, que proyectaba la creación de un Estado Católico en el litoral sirio. Es el primer intento de convertir esta tierra en un “Estado Tapón”. Esta ficha del ajedrez –el Vaticano- no aparece en el tablero, más aun cuando las falanges cristianas y sus líderes le tienen “obediencia debida” por medio de su Patriarca. El Asia Otomana lo formaba el actual Irak, Siria, Líbano, Jordania, Palestina, e Israel. En el reparto Francia se adjudica lo que hoy seria Siria y Líbano. No se habla de estados, solo de zonas de influencia. ¿Por qué se habla de estados para la Europa Otomana y en la Asia Otomana de “zonas de influencia”?
Los aliados al ver la dificultad de vencer al Imperio Otomano suman otros dos actores. Los judíos sionista, a los que se les ofrece un “hogar” en palestina; y los árabes, a los que se les ofrece su independencia. Cuando el imperio otomano cae, al finalizar la Primera Guerra Mundial, las tropas aliadas no derraman una sola gota de sangre al entrar en ciudades otomanas como Damasco. El motivo es que estas ciudades ya no eran otomanas sino árabes. El traspaso de poder ya se había realizado, en Damasco ya ondeaba la bandera verde, blanca y negra de los árabes. El Imperio Otomano no ejercía un yugo sobre los pueblos de Asia, como se ha hecho creer -y por supuesto esos pueblos no eran más que tribus locales incapaces de autogobernarse, otro error-. Entre estos pueblos y el imperio existía un pacto de seis siglos, ellos se sometían al imperio a cambio de que este ejerciera una función de protección sobre ellos. En el momento en que este imperio entro en declive y no pudo ejercer esta función el pacto se rompió.
Entre 1918 y 1920, mientras la potencias vencedoras de la guerra firmaban numerosos pactos y tratados para repartirse la zona, en el terreno el Estado Árabe iba tomando forma –ocupaba parte de Siria, pero su objetivo era expandirse por el norte de Irak, Líbano, Palestina y Jordania-, incluso el parlamento árabe, elegido por sufragio, llega a proclamar una constitución en 1920. En ese momento las tierras siguen siendo otomanas para occidente, pero el Estado turco –ya que en ese momento ya no existía el Imperio Otomano- ya no tiene soberanía real sobre ese territorio, ese territorio es árabe. Hay que señalar algo de máxima importancia, el término árabe no hacía referencia a ninguna raza ni religión, es un término meramente cultural. Era la cultura la que unía irremediablemente a esos pueblos, ya fueran maronitas, drusos, chiíes, sunies, cristianos ortodoxos… Es decir, el Estado Árabe no se identificaba con ninguna religión ni etnia, era una simple organización administrativa plurinacional.
Ante la expansión de este Estado, los franceses deciden atacarlo militarmente en 1920 alegando su ilegalidad internacional. Los franceses derrotan a los árabes y se crea, ilegalmente, el Estado del Gran Líbano[1]. Entre 1919 y 1925, año en el que se proclama la ley mediante la cual se fijan las condiciones para ser ciudadano libanés, la potencia mandataria, Francia, actúa margen de la legalidad. En ese espacio de tiempo los habitantes de esa tierra legalmente no son otomanos, pero tampoco son libaneses, no existen. El estado del Líbano se proclama en 1920, pero no es hasta 1923 que se firma un acuerdo con el depositario legal de su soberanía, el estado turco, mientras tanto esas tierras son Territorio Enemigo Ocupado (TEO)[2], y según las leyes internacionales un TEO debe ser administrado militarmente hasta la llegada de un tratado de paz, no se puede formar un estado en un TEO.
El actual Líbano, de 1923 a 1941, vivió bajo la “tutela” de Francia. La Potencia Mandataria ejerció el poder político a través de la comunidad maronita. Las demás comunidades permanecieron marginadas de los organismos administrativos del Estado. Francia cambia el nombre del Estado en 1926; el Estado del Gran Líbano pasa a llamarse República del Líbano. Le “otorga” la Constitución de 1926. El Líbano proclama en 1941, durante la II Guerra Mundial, su independencia. Su soberanía plena no llega hasta 1943. Antes de ella dos comunidades, 2 de entre 7, la sunita y la maronita, firman un Pacto Nacional por medio del cual se reparten los principales cargos políticos entre las diferentes comunidades confesionales, y se garantiza, una vez se alcance la soberanía, la estabilidad política del Líbano. Francia no abandona el territorio hasta 1946. Curiosa cronología. ¿Cuándo se fundo el Líbano en 1916, 1920, 1923, 1926, 1941, 1943, o en, 1946 cuando no hubo un ejército colonial en su territorio? ¿Qué hubo en el Líbano entre 1918 -el fin de la I Guerra Mundial[3]- y el fin oficial del Imperio Otomano[4] en 1923?, ¿se tuvo en cuenta el deseo de las poblaciones para la proclamación del Estado del Gran Líbano?
Los habitantes del actual Líbano vivieron durante 6 siglos en dos Estados Políticos o Estados por Institución[5]. El Imperio-Estado Otomano, y el Estado Árabe de 1918 a1920. La Constitución de 1920 es aprobada en un Parlamento elegido por los habitantes del Vilayato Sirio-Palestino. A partir de 1920 y hasta 1943, por la “Fuerza Natural” vivieron en un Estado por Adquisición. El Estado de Adquisición dio paso de nuevo a un Estado Político en 1943, el Pacto Nacional. Una fórmula no escrita que estipulaba la división del poder en un triunvirato entre maronitas, chiíes y sunís, con un presidente de la República maronita, que tenía el poder real.
Las diferentes comunidades
Las grandes comunidades religiosas que existían en el Líbano durante el dominio otomano –y que se mantienen en la actualidad con pocas diferencias-, sunitas, chiitas, maronitas, griegas ortodoxas, y drusas[6], no formaban parte del Estado otomano, no estaban sometidas al Estado-Imperio Otomano, eran el Estado-Imperio Otomano. Ellas lo hicieron viable hasta 1918. Las comunidades religiosas –“Naciones”, como las llamaba el Estado Otomano- se mantuvieron independientes a lo largo de los 6 siglos que duro su Estado. No sufrieron ningún proceso de uniformidad, ni en su religión, ni en su lengua, ni en sus leyes. El Imperio Otomano era un estado federal de “naciones”, micro-estados, que habían realizado un pacto. Existía una diferencia con lo que ahora entendemos por estado federal, compuesto por “naciones” con unos límites geográficos determinados cuyos poderes regionales gozan de autonomía para administrar el territorio. En este caso el estado federal estaba formado por “naciones”, con una organización interna semejante a la de un estado, pero con una particularidad, no estaban asentadas en una zona determinada sino diseminadas por todo el Estado. Allí donde estuviera un miembro de una comunidad confesional, nunca estaba sometido a las de la comunidad mayoritaria de esa zona, sino a las de la que perteneciese.
La guerra civil libanesa (1975-1990)
La guerra civil que tuvo lugar en el Líbano durante quince años fue un complicado enfrentamiento en el que era habitual que sus actores cambiaran de bando, una guerra de todos contra todos. En Líbano el ejercito tenia poco peso, de hecho prácticamente no intervino en el conflicto, cada comunidad tenia su milicia, cuando no más de una. El detonante fue la cuestión palestina. Durante los años 60 el Líbano era un país avanzado y relativamente en calma en comparación con sus vecinos. Líbano era llamado la Suiza de Oriente. Los palestinos habían llegado en diferentes oleadas al Líbano, pero fue a partir de la Guerra de los Seis Días de 1967 y la posterior ocupación de Gaza y Cisjordania por Israel, y de la feroz represión contra los palestinos en Jordania en el “Septiembre negro” de 1970, cuando el problema comenzó a tomar una dimensión mayor. Con los palestinos en el tablero el equilibrio de fuerzas empezó a cambiar, y los cristianos maronitas comenzaron a perder fuerza. Los enfrentamientos entre milicias eran ya habituales en 1975 cuando oficialmente comenzó la guerra. El 13 de abril de 1975, después del asesinato del guardaespaldas de Pierre Gemayel[7], una milicia falangista cristiana asesino a los 27 pasajeros de un autobús, todos ellos trabajadores palestinos. La espiral de violencia se recrudeció y en diciembre de 1975, tras encontrar los cuerpos de 4 cristianos asesinados, los falangistas asesinaron a 600 musulmanes como represalia.
En 1976 Siria interviene. Su ejército entra en territorio libanés, apoyado por EE UU, con el objetivo de frenar las aspiraciones de los palestinos y los diversos grupos de izquierdas que los apoyaban. Los enfrentamientos a varias bandas se suceden. Israel ataca a las Fuerzas Árabes de Disuasión (FAD), a los palestinos y a Siria, con quien esta a punto de caer en la guerra total. Milicias falangistas cristianas atacan a las tropas de la ONU, a los palestinos y al ejército sirio. Siria ataca a los palestinos, los guerrilleros palestinos atacan al ejército sirio y a Israel...
En 1982, tras el asesinato del embajador israelí en Londres, el ejército hebreo pone en marcha la operación “Paz en Galilea” e invade el Líbano. Llega hasta Beirut donde establece un cerco sobre Beirut Oeste, donde viven más de 200.000 personas, para obligar a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) a rendirse. El asedio de Beirut oeste dura desde el 18 de junio hasta el 21 de agosto, cuando Yasser Arafat y los líderes de la OLP salen de Beirut camino de Túnez bajo la vigilancia de tropas internacionales. Este hecho ha sido considerado como una la victoria maronita ya que su líder, Basir Gemayel, líder de las falanges cristianas, es nombrado presidente poco después.
El 14 de septiembre de 1982 Basir Gemayel es asesinado, su muerte se atribuye a un agente secreto sirio, como siempre, aunque también como siempre se intuye la mano de Israel. El 16 de septiembre el ejército israelí ocupa Beirut oeste, una vez fuera la OLP. Ese mismo día y bajo la vigilancia de los israelíes, las milicias falangistas entran en los campos de refugiados de Sabra y Chatila situados en Beirut Oeste. Su supuesto objetivo era encontrar y desarmar a miembros de la OLP en retirada, sin embargo lo que ocurrió fue una matanza de civiles palestinos que se alargo durante más de 30 horas[8]
Amin Gemayel es elegido para suceder a su hermano como presidente con el apoyo de los EE UU. En 1983 Israel se retira hasta la zona de seguridad al sur del rió Litani donde permanece hasta mayo de 2000. Esto provoca nuevos enfrentamientos entre drusos y milicias cristianas. Las fuerzas internacionales habían entrado en Líbano en 1982 como parte del operativo preparado para la salida de la OLP de Beirut. Estas tropas internacionales, formadas mayoritariamente por franceses y estadounidenses, se retiraron sin pena ni gloria del Líbano en febrero de 1984 después de sufrir numerosos atentados[9].
Se produjo entonces un recrudecimiento de los enfrentamientos entre las diferentes milicias. En 1988 finalizó el mandato de Amil Gemayel y éste designó a otro cristiano maronita y jefe de las fuerzas armadas, Michel Aoun[10], como primer ministro, violando el Pacto Nacional que exigía que el primer ministro fuera un sunita. Los grupos musulmanes rechazaron el nombramiento, creándose de este modo un doble gobierno, uno sunita en Beirut Oeste y otro maronita en el Este.
Un nuevo pacto
En 1989, los Acuerdos de Taif pusieron fin a la guerra, aunque en el terreno los enfrentamientos duraron algo más, y equilibraron algo los poderes entre las diferentes comunidades libanesas, restándole poderes al presidente y otorgando más al primer ministro y al presidente del parlamento[11]. En la actualidad el presidente es cristiano maronita. El primer ministro, musulmán sunita; el ministro del Interior, cristiano greco-ortodoxo; el presidente del Parlamento, musulmán chiíta; y el comandante de las fuerzas armadas, druso. Los Acuerdos de Taif también proponían la salida progresiva de las fuerzas armadas sirias, sin embargo, el apoyo sirio a la “Operación Tormenta del Desierto[12]” permitió que los EE UU dieran su visto bueno a la continuación de la presencia del ejército sirio en territorio libanés, donde se mantuvo hasta 2005. Sin la presencia siria, en junio de 2006 Israel volvió a atacar al Líbano.
El Líbano actual, retorno al Estado tapón
En la década de los 90 el Líbano se recupero poco a poco de sus heridas. En este momento entra en el tablero Rafia Hariri, un hombre unido al devenir del Líbano actual. Hariri, sunita, fue primer ministro de 1992 a 1998, con el apoyo de Arabia Saudí, Francia y Siria se hace dueño y señor del país y se enriquece a su costa[13]. En 1998, el nuevo presidente, Emile Lahud, se enfrenta al clan Hariri, con el apoyo de un sector del régimen sirio próximo al sucesor de Hafez El-Assad, su hijo Bachar[14]. Se elige un nuevo primer ministro. Lahud y el nuevo gobierno dan un amplio apoyo –político, moral y logístico- a Hezbolla. En el año 2000 la feroz resistencia de Hezbolla hizo que Israel abandonara la llamada zona de seguridad, la primera vez que el ejército israelí abandonaba un territorio ocupado sin contrapartidas. Esto dio una gran fuerza a esta milicia-partido chií, apoyada económicamente por Irán. Su fuerza también radica en la red social que ha tejido en el territorio libanés[15]. En 2000 Hariri vuelve al poder gracias a una gran movilización mediática y al apoyo de la vieja guardia siria. En 2000 Bachar Al-Assad sucede a su padre en la presidencia siria. Éste se deshace de la vieja guardia y da su apoyo al presidente libanés Emile Lahud, los dos son victimas de campañas mediáticas en su contra.
En 2004 el presidente sirio decide prorrogar tres años el mandato de Lahud, esto enfurece a los aliados del primer ministro Hariri y se ponen en marcha movilizaciones contra la presencia siria. Hariri pierde el apoyo de Siria, que lo había mantenido en el poder durante casi 15 años, pero conserva el de Francia y gana el de los EE UU -deseosos de tener un aliado en su lucha contra el “eje del mal” del que forman parte Siria e Irán-. Estos dos países promueven la resolución 1559 de la ONU que pone fin de forma brusca a la tutela siria y abre el paso a una nueva desestabilización del Líbano. En febrero de 2004 Hariri es asesinado, al instante EE UU y Francia acusan a Siria, como siempre, de estar detrás, aunque también como siempre se intuye la mano israelí. El Líbano vuelve a convertirse en un estado tapón entre el “eje del mal” sirio-iraní, y las potencias occidentales –representadas en este caso por Francia, EE UU e Israel-. Las tropas sirias abandonan el Líbano, los atentados se suceden, así como las manifestaciones y contra manifestaciones.
En 2005 unas elecciones bajo la vigilancia de la ONU aseguran la victoria a los prooccidentales opuestos al presidente que se organizan en el llamado grupo anti sirio, cuando habían sido el pilar de la influencia del país vecino durante 15 años –el enésimo cambio de bando-.
En junio de 2006 el hundimiento del Líbano se confirma con un nuevo ataque israelí. Israel destruye la mayoría de las infraestructuras civiles del país, borra del mapa los barrios musulmanes del sur de Beirut, inflingiendo un criminal castigo colectivo a la población del Líbano, y estableciendo un bloqueo marítimo y aéreo al país. Su supuesto objetivo es acabar con Hezbolla, y la excusa el secuestro de un soldado israelí en el sur del Líbano. En 33 días de conflicto mueren más de un millar de civiles libaneses, el ejército israelí entra en el sur del Líbano en agosto, al no poder detener con la aviación el lanzamiento masivo de misiles por parte de Hezbolla hacia el norte de Israel, que provocan 8 muertos durante las semanas que dura el conflicto. Sin embargo, Hezbolla se ha hecho fuerte desde la retirada de Israel del sur del Líbano en 2000, en dos días varios soldados de Israel mueren y éste acepta la mediación internacional para poner fin al conflicto. El número de bajas es infinitamente más alto del lado libanés y el país retrocede de golpe 15 años, pero el ejército israelí se retira sin conseguir sus objetivos, es la primera derrota bélica de Israel en toda su historia como país. Tropas internacionales se sitúan en el sur del Líbano con el apoyo de todas las partes, incluido Hezbolla. Supuestamente las tropas del ejercito libanés deberían asentarse en el sur junto con las de la ONU y desarmar a la milicia de Hezbolla, en realidad Hezbolla sigue teniendo el control de la zona.

Conclusión
El Líbano es una especie de estado híbrido, en parte estado nación articulado alrededor de los cristianos maronitas, en parte estado plurinacional. El gran problema es que el estado nación se sostiene sobre el confesionalismo, esa extraña forma de reparto del poder entre comunidades confesionales. Si se pusiera fin a ese confesionalismo y venciera el estado plurinacional democrático, los musulmanes serian una amplia mayoría y el dominio de los estamentos políticos por parte de los maronitas tocaría a su fin. Eso es en parte lo que reclama Hezbolla en este momento, después de haber abandonado sus diputados el parlamento libanés pidiendo que se les de una mayor presencia en él.
Además esta frágil estabilidad es aprovechada por las grandes potencias –EE UU, Francia, Israel, Arabia Saudí, Siria, Irán…- para defender sus intereses en esta convulsa y estratégica región. La teoría del “Caos Constructor[16]” que los EE UU aplican en Afganistán e Irak es aplicada aquí por su brazo ejecutor, Israel. Además son muchos los que desearían una partición del Líbano en tres, una para Siria, el sur para Israel –aprovechando para solucionar así su problema con los refugiados palestinos diseminados por toda la zona, dándoles un “hogar palestino” allí-, y el norte para los cristianos maronitas –donde gracias a la “limpieza étnica” llevada a cabo en la Guerra Civil son mayoría y podrían crear su deseado estado nación cristiano- sin embargo esto crearía en el sur un nuevo territorio ocupado donde Hezbolla ejercería su resistencia, al estilo de Hamas en Gaza, pero con mucho más potencial bélico, enquistando el conflicto. Probablemente la solución más justa sería poner fin al confesionalismo y dotar al Líbano de un sistema democrático real, algo que lógicamente llevaría a un gobierno musulmán con gran presencia de los chiís de Hezbolla –de este modo se terminaría con ese estado en la sombra que es actualmente la milicia partido-, sin embargo los intereses de los maronitas, y sobre todo de los EE UU –ya que sería previsible un alineamiento de este gobierno libanés con su gran enemigo, Irán- hace impensable esta solución.
Es una situación común en todo Oriente Próximo, Occidente fomenta dictaduras o “democracias a medida” para no dar la voz a un pueblo que en la gran mayoría de los casos otorgaría el poder a grupos islamistas, el gran enemigo occidental tras la caída del comunismo, después de haber sido el gran aliado contra esté –véase el caso de Argelia, donde en los años 90 los islamistas ganaron y el gobierno declaro nulas las elecciones; el notable crecimiento de los Hermanos Musulmanes en Egipto y otros países gobernados por dictaduras; o la victoria de Hamas en Palestina y el posterior bloqueo económico occidental-. Se continua sin comprender Oriente, al igual que en 1920, y se mantiene la idea de que son pueblos incapaces de gobernarse de forma autónoma, simplemente porque no votan lo que Occidente desearía, sin comprender que es la situación de pobreza, exclusión y desesperación, así como las constantes ofensas de Israel y EE UU, las que los empujan al islamismo radical, el único grupo que se erige como defensor de los intereses de estos pueblos –véase el ejemplo de Gaza, donde un millón y medio de personas sobreviven en una cárcel de donde no se puede salir ni entrar, prácticamente sin agua, electricidad o alimentos de primera necesidad y bajo los constantes ataques del ejército israelí. Cuando no te queda nada y todos te han abandonado solo te queda dios, en este caso Alá-. Mientras la visión de occidente/cristianos/civilización opuesta a oriente/musulmanes/barbarie continué en la mente de los grandes mandatarios internacionales no habrá solución posible.
[1] El nuevo estado toma el nombre del Viyarato de Monte Líbano, una entidad administrativa al estilo de una provincia, que formaba parte del Imperio Otomano. Esta entidad es una de las tres que formaban el actual Líbano, y era en la que eran mayoría los cristianos maronitas, aliados tradicionales de Francia.
[2] De acuerdo con Segunda Conferencia de la Haya, después de un conflicto armado, los territorios enemigos son territorios T.E.O. “Territorios Enemigos Ocupados” a la espera de una Conferencia de Paz. Mientras tanto, hay que dividir el territorio en jurisdicciones militares.
[3] Armisticio de Moudros
[4] Tratado de Lausana entre el Imperio Otomano y las potencias vencedoras.
[5] El Estado, según la definición de Hobbes, puede adoptar dos formas; el Estado Político y el Estado por Adquisición: “Este poder soberano puede generarse de dos maneras, por la “Fuerza Natural”, como cuando un hombre hace que sus hijos se sometan a su gobierno. O puede producirse de otra manera cuando los hombres acuerdan entre ellos mismo someterse voluntariamente a algún hombre o una asamblea confiando que serán protegidos por ellos frente a los demás. A esta modalidad puede dársele el nombre de Estado Político o Estado por Institución, y a la primera el de Estado por Adquisición”.
[6] Como decimos éstas son las 7 grandes comunidades, oficialmente son 18. En la actualidad existen en Líbano solamente entre los cristianas 11 comunidades: Maronita, griega ortodoxa, griega católica-melkita, comunidad armenia-gregoriana ortodoxa, la armenia católica, la sirio católica, la sirio ortodoxa, la asiria caldea nestoriana, la comunidad caldea, la comunidad latina, la comunidad evangélica.

[7] La familia Gemayel, al igual que la Hariri, esta estrechamente relacionada con la historia reciente del Líbano. Pierre Gemayel, cristiano maronita, fue el fundador del partido Falange Libanesa, basado en la Falange española. Sus milicias fueron las responsables de la matanza de cientos de civiles palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Chatila en 1982. Su hijo Amin Gemayel fue presidente del Líbano entre 1982 y 1988, su nieto Perre Amin Gemayel era ministro de industria cuando fue asesinado en noviembre de 2006.
[8]En la matanza de Sabra y Chatila murieron entre 300 y 4.000 palestinos según las fuentes. Ariel Sharon, ministro de Defensa en ese momento, fue apartado de su cargo por encontrársele “responsable indirecto”.
[9] Los más importantes fueron el atentado contra la embajada estadounidense en abril de 1983, donde murieron 63 marines; y el atentado simultaneo de octubre de ese mismo año donde murieron 58 paracaidistas franceses y 256 marines americanos.
[10] Michel Aoun fue tradicionalmente un acérrimo enemigo de Siria. Se enfrento al ejército sirio tras los acuerdos de Taif, por encontrar que estos no eran suficientemente exigentes con respecto a la salida de Siria del Líbano. El ejército sirio derroto a su milicia y Aoun se exilio en Francia. En una inexplicable e inesperada vuelta de tuerca, otra más, Aoun se alió políticamente con Hezbolla, la milicia-partido apoyada por Irán y Siria, tras su regreso al Líbano en 2005, y actualmente forma parte del llamado bloque pro sirio.
[11] Además de esto, los Acuerdos de Taif ampliaron el numero de diputados a 128 que se reparten en partes iguales entre cristianos y musulmanes, anteriormente el numero era de 67 lo que daba uno más a los cristianos. Este reparto en partes iguales es uno de los problemas del Líbano. Continúa otorgando a los cristianos mucho más poder del que tendrían realmente si todos los diputados libaneses fueran elegidos por sufragio, ya que la mayoría de la población es musulmana.
[12] En 1990 tropas internacionales comandadas por EE UU atacaron a Irak como respuesta a la invasión de Kuwait por parte de éste. Fue la Primera Guerra del Golfo, también llamada “Operación Tormenta del Desierto”
[13] En el periodo de gobierno de Hariri la deuda externa del Líbano paso de 2.000 millones de dólares a 40.000 millones, esta deuda ha sido achacada a la reconstrucción, sin embargo se calcula que la reconstrucción no ha costado más de 7.000 millones –dato obtenido de “El estado del mundo en 2007” ed. Akal-.
[14] Actual presidente de Siria.
[15] Durante los ataques israelíes contra el Líbano en 2006, los voluntarios de Hezbolla eran la única ley que existía en muchas zonas, se los podía ver vigilando los edificios bombardeados para evitar saqueos. Así mismo, es Hezbolla quien ha ayudado económicamente, con dinero iraní, a los que perdieron su hogar durante los bombardeos. Hezbolla es el estado real en muchas zonas del Líbano.
[16] Ver artículo en Red Voltaire: “Líbano como nuevo objetivo. Los neoconservadores y la política del «caos constructor» por Thierry Meyssan. [http://www.voltairenet.org/article142563.html]

sábado, 31 de marzo de 2007

Los desaparecidos del Manuel Belgrano

"Nunca más será delito llamar delator a quien lo fue"
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I. A. Moreno Unanua
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Sonia Torres salió del edificio Tribunales I de Córdoba (Argentina) un caluroso día de Agosto de 2002. Acababa de ser absuelta del delito de calumnias e injuria hacia Tránsito Rigatuso. Sonia Torres es una de las “locas” de la Plaza de Mayo. Tránsito Rigatuso era, en 1976, director de la Escuela de Comercio Manuel Belgrano, donde estudiaba la hija de Sonia, Silvina Parodi. Ese año, desaparecieron 11 estudiantes de esa escuela, entre ellos la hija de Sonia Torres, que tenia 20 años y estaba embarazada de siete meses. De los 11, solamente uno, Claudio Roman, apareció muerto. El resto continúan desaparecidos. Las investigaciones actuales apuntan a que fueron enterrados, en una fosa común, en el cementerio de San Vicente, de la ciudad argentina de Córdoba, después de haber sido torturados en el centro de concentración La Perla, el segundo más grande del país.

En ese mismo campo de concentración es donde se cree, según numerosos testimonios, que nació el hijo de Silvina. Ese niño, posiblemente, será uno de los muchos que fueron arrancados de los torturados brazos de sus madres, para ir a parar a manos de alguna familia bien pudiente, miembro de ese influyente sector social, que siempre ha esperado que con mano ajena se defiendan sus privilegios.

Transito Rigatuso perdió ese juicio, y a partir de entonces nunca más fue delito llamar delator a ese siniestro personaje. Rigatuso fue director de la Escuela de Comercio Manuel Belgrano entre 1974 y 1976. En esos años, en los que gobernaba “isabelita” Perón, Rigatuso paso listas a los militares, con los nombres de los alumnos que se movilizaban, que eran miembro del consejo estudiantil, o que simplemente tenían una manifiesta militancia política. El 24 de marzo del 76, los militares argentinos dieron un golpe de estado, como casi siempre de la mano de Washington. Dos días después, la tarde del 26 de marzo, Silvina Parodi y su marido Daniel Orozco, fueron secuestrados. Los dos habían ingresado en la escuela de comercio dos años antes. Nunca más se supo de ellos.

La lista que sigue a continuación es un duro monumento a la injusticia. A esa insoportable injusticia que es el asesinato político, más aún cuando viene de manos del poder, que es quien supuestamente vela por los intereses de los ciudadanos, aunque muchas veces se convierta en el "perro guardián" de la minoría más privilegiada.

Claudio Román, con 16 años, era delegado de quinto año del Belgrano. Fue el unico, de todos los desaparecidos, que apareció muerto. El 27 de julio lo habían secuestrado en su casa. "Fue fusilado y su cadáver, acribillado y quemado con cigarrillos, fue entregado a los padres, que finalmente se fueron del país", recordó el abogado Claudio Orosz, ex alumno, cuando testificó en el juicio. Gustavo Torres, había dejado de ir a la escuela en 1976, por consejo de sus padres. Con 16 años, militaba en la Juventud Guevarista, fue sacado de su casa el 12 de mayo, cuando lo vieron por última vez. Jorge Nadra militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios de el Centro de Estudiantes del Belgrano. No dejó su pasión política cuando ingresó a la Facultad de Medicina. En la madrugada del 3 de julio unas "sombras verdes" se lo llevaron de su casa. Pablo Schmucler desapareció en enero de 1977, su familia nunca más supo de él. Oscar Liñeira había comenzado sus estudios de ingeniería electrónica después de dejar el Belgrano, en 1975, con uno de los mejores promedios. Desde su lugar de trabajo fue llevado por paramilitares el 8 de julio de 1976. Raúl Castellanos era estudiante de Ciencias Económicas cuando fue secuestrado, en plena calle, en julio de 1976. Fue visto en La Perla por supervivientes, pero ahí se pierde su pista. Fernando Avila había sido dirigente estudiantil en el Belgrano. Desde el golpe, la casa de sus padres en Córdoba sufrió dos allanamientos de los que se salvó. Se mudaron a Buenos Aires y el 24 de febrero de 1978 salió de su casa, a las cinco de la tarde, y nunca más volvió. Walter Magallanes fue secuestrado en la calle en diciembre del 76, y llevado al campo La Perla. Graciela Vitale y Daniel Bachetti se conocieron en el Belgrano y se casaron. Al poco tiempo se mudaron a Buenos Aires y en enero del 1977 vieron nacer a su hija Patricia. El 13 de mayo fueron secuestrados en su casa.

Todos ellos fueron asesinados y sus cuerpos, salvo el de Claudio Román, hechos desaparecer. Algo más de 30 años después, es ahora cuando las exhumaciones de los restos encontrados en cementerio de San Vicente, en la ciudad de Córdoba, comienzan a arrojar luz sobre esta historia de delatores y delatados, de torturadores y torturados, de asesinos y asesinados. Todos ellos simples estudiantes. Jóvenes en busca de un futuro mejor, no solo para ellos sino también para sus conciudadanos. Ese fue su pecado, él que los convirtió en peligrosos "subversivos". Dignos de merecer el peor de las castigos: la tortura y la desaparición. Para que nadie pudiese tener un lugar en el que llorarles. Para que nadie los recordara. Salvo esas "locas", madres y abuelas, que un día decidieron empezar a dar vueltas a una plaza una vez por semana, y finalmente consiguieron dar la vuelta a muchas conciencias incrédulas y acomodadas.

martes, 27 de marzo de 2007

Defensa de la utopía

"Afirmemos nuestro derecho a reclamar un mundo que no se parezca a ningún otro, y pongamos nuestra palabra en pie para crearlo"
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Tomás Eloy Martínez
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Hace ya casi cuatro décadas, el 1 de enero de 1953, un joven periodista colombiano desembarcó en Maiquetía, el aeropuerto de Caracas, después de tres años de escribir en Roma sobre los ataques de hipo de Pío XII y de terminar los originales de su segunda novela en el invierno implacable de París. De la mano de dos colegas fraternales entró en Caracas, atravesó el fulgor de las autopistas y se emocionó ante los reflejos malvas que exhalaba el Avila en ese momento del crepúsculo. Antes de que pudiera disipar los sopores del viaje en avión por el Atlántico, fue abandonado en una sala de redacción sin ventanas, iluminada por sucios tubos de neón, donde un hombre flaco, nervioso, con anteojos oscuros, daba órdenes frenéticas y a menudo contradictorias a un par de vascos que se afanaban sobre una mesa de dibujo.
En la mitología que cada quien crea para su uso personal, ése ha sido para mí el instante en que nació en América Latina lo que se conocería después como «nuevo periodismo» o «periodismo literario», y el punto de partida del moderno periodismo cultural. La sala de redacción, ubicada en una casa desvencijada de San Bernardino, pertenecía a la revista semanal Momento. El joven colombiano se llamaba, como tal vez ustedes ya lo han adivinado, Gabriel García Márquez. Uno de los colegas que le habla dado la bienvenida en Maiquetía era Plinio Apuleyo Mendoza, jefe de redacción de Momento. Quien estaba con él era su hermana Soledad, que más tarde en la vida también dirigiría en este país revistas y suplementos. Aquellos vascos de la mesa de dibujo se llamaban --me han dicho-- Karmele Leizaola y Paul de Garat. Y al hombre de anteojos oscuros, Carlos Ramírez Mac Gregor, se lo conocía entonces en Caracas como «el loco», porque se había echado sobre las espaldas la irresponsable misión de editar una revista donde la realidad se parecía a las novelas.
Esa fundación mítica del periodismo cultural es un apólogo con tantos significados que aún ahora, treinta y siete años después, se puede leer como si fuera una noticia del periódico de mañana. Primero, porque la época en que sucedía esa historia coincidía con el nacimiento de la democracia, que se le había negado a Venezuela durante todo el siglo --con el fugaz intervalo de la presidencia de Rómulo Gallegos--, y que al fin era conquistada con un alto precio de sangre, torturas, exilios y cárceles. Y también porque en la redacción de Momento confluían hombres de otros rincones de la lengua española, aventados de sus patrias por las desventuras de la persecución política y de las guerras.
Las grandes crónicas de aquellos años fundacionales nacieron al amparo de una realidad que se iba creando a medida que se la escribía. Estaba a punto de secarse el dique de La Mariposa, y en vez de decirlo así, con esas palabras de álgebra, García Márquez inventaba a un personaje que para poder afeitarse en la ciudad sin agua se mojaba la cara con jugo de duraznos. Se caía a pedazos la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, y para no contar la historia como en los telegramas de las agencias de noticias, el joven narrador de La hojarasca explicaba que, a los hombres de la resistencia, «los días les estaban quedando cortos». Enriquecido por un lenguaje de novela, transfigurado en literatura, el periodismo desplegaba ante los ojos del lector una realidad aún más viva que la del cine. Todo parecía tan nuevo como si, al cabo de un largo olvido, las cosas pudieran ser nombradas por primera vez. ¿De dónde sino de ese instante salió el afán de ir inscribiendo el nombre verdadero de los objetos y las funciones para las que sirven, como se lee en Cien años de soledad?
Si aquellas crónicas revolucionarias fluyeron con naturalidad en la Caracas tempestuosa e incierta de 1958 fue porque habla una larga tradición que la hizo posible. El terreno había sido antes fecundado por José Martí en sus escritos para La Opinión Nacional durante los años de Guzmán Blanco, por los estremecedores relatos de Canudos que Euclides da Cunha compiló en Os Sertoés, por los cronistas apasionados del modernismo --Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera, Julián del Casal-- y por los escritores testigos de la Revolución Mexicana. A esa tradición se incorporaron más tarde los reportajes políticos que César Vallejo escribió para la revista Germinal, las reseñas sobre cine y libros de Jorge Luis Borges, los aguafuertes de Roberto Arlt, los medallones literarios de Alfonso Reyes en La Pluma, los editoriales de Augusto Roa Bastos en El País de Asunción. los cables delirantes que Juan Carlos Onetti escribía para la agencia Reuter, las minuciosas columnas barrocas de Alejo Carpentier y las crónicas sociales del mexicano Salvador Novo.
Todos, absolutamente todos los grandes escritores de América Latina fueron alguna vez periodistas. Y a la inversa: casi todos los grandes periodistas se convirtieron, tarde o temprano, en grandes escritores. Esa mutua fecundación fue posible porque, para los escritores verdaderos, el periodismo nunca fue un mero modo de ganarse la vida sino un recurso providencial para ganar la vida. En cada una de sus crónicas, aun en aquellas que nacieron bajo él apremio de las horas de cierre, los maestros de la literatura latinoamericana comprometieron el propio ser tan a fondo como en el más decisivo de sus libros. Sabían que, si traicionaban a la palabra hasta en el más anónimo de los boletines de prensa, estaban traicionando lo mejor de sí mismos. Un hombre no puede dividirse entre el poeta que busca la expresión justa de nueve a doce de la noche y el gacetillero indolente que deja caer las palabras sobre las mesas de redacción como si fueran granos de maíz. El compromiso con la palabra es a tiempo completo, a vida completa. Puede que un periodista convencional no lo piense así. Pero un periodista de veras no tiene otra salida que pensar así. El periodismo no es algo que uno se pone encima a la hora de ir al trabajo. Es algo que duerme con nosotros, que respira y ama con nuestras mismas vísceras y nuestros mismos sentimientos.
Aunque los Estados Unidos han reivindicado para sí la invención o el descubrimiento del periodismo literario, de las factions o de las «novelas de la vida real», como suelen denominarse allí los escritos de Truman Capote, Norman Mailer y Joan Didion, es en América Latina donde nació el género y donde alcanzó su genuina grandeza. El periodismo encuentra su sistema actual de representación y la verdad de su lenguaje en el momento en que se impone una nueva ética. Según esa ética, el periodista no es un agente pasivo que observa la realidad y la comunica; no es una mera polea de transmisión entre las fuentes y el lector sino, ante todo, una voz a través de la cual se puede pensar la realidad, reconocer las emociones y las tensiones secretas de la realidad, entender el por qué y el para qué y el cómo de las cosas con el deslumbramiento de quien las está viendo por primera vez.
Siempre que las sociedades han estado a punto de cambiar de piel, los primeros síntomas de ese cambio han aparecido en la cultura. Piénsese en las canciones de los Beatles o en las novelas «del camino» de Jack Kerouac y se encontrará prefiguradas en ellas la rebeldía, la avidez mística y el heroísmo anárquico de las dos décadas que siguieron. Piénsese en la soledad escéptica de los personajes que aparecen en las novelas que Raymond Carver o Paul Auster escribieron en los años 80 y se obtendrá un retrato cabal de las reivindicaciones capitalistas de este final de siglo. En la cultura es posible descubrir los modelos de realidad que se avecinan y que aún no han sido formulados de manera consiente.
Imagínense cuánta responsabilidad entraña dar cuenta de eso. No sería posible cumplir cabalmente con semejante misión si cada quien, ante la hoja o la pantalla en blanco, no se repitiera una vez y otra: «Lo que escribo es lo que soy, y si no soy fiel a mi mismo no puedo ser fiel a quienes me lean». Sólo de esa fidelidad nace la verdad, aunque de esa verdad nacen siempre los riesgos.
Estos son tiempos de dispersión y de desencuentro para la cultura de América Latina. El continente que hasta hace apenas un cuarto de siglo parecía férreamente unido exhibe ahora graves signos de intolerancia e incomunicación. Desde la metrópoli nos anunciaron que había llegado el fin de la historia --lo que también significa el fin de las utopías-- y nos vaticinaron una era de bonanza bajo el modelo triunfante del neoliberalismo. La mayoría de nuestros gobiernos democráticos han aceptado ese credo, con la certeza de que las miserias actuales afrontadas por los pueblos latinoamericanos serán compensadas por las abundancias del futuro. «Para que haya menos pobres es necesario que, antes, los ricos sean mucho más ricos», afirma la doctrina neoliberal. Ese mandato de resignación se asemeja al de las religiones fatalistas: «Para entrar en el reino de los cielos es necesario ser antes humillado y ofendido». Los vaticinios han sido errados, no porque nuestros pueblos sean impacientes o insensatos, sino porque la resignación termina donde empieza la voluntad de sobrevivir.
Es en el orden de la cultura donde el neoliberalismo ha resultado más pernicioso en América Latina. Esperábamos que las consignas de libertad sirvieran para derribar muros, fronteras, y para fortalecer la unidad de nuestras naciones a la sombra de un proyecto de bien común. Por lo contrario, estamos más divididos que nunca: hemos dejado de leer nos los unos a los otros, porque las incesantes convulsiones de la realidad y la necesidad imperiosa de sobrevivir en un afuera siempre hostil nos consumen las energías y los sueños. Hemos dejado de vernos, de oírnos, de conocernos. El modelo neoliberal ha tornado tan alto el precio de cualquier conocimiento que todo lo que podríamos ser se nos escapa de las manos día tras día. Se han acentuado los nacionalismos, los regionalismos, los fanatismos y todas esas odiosas vallas que tanto empobrecen la condición humana. Somos más débiles como naciones, porque ya no podemos negociar unidos con los poderes de las metrópolis, sino que debemos hacer todo por separado y a espaldas los unos de los otros.
Hubo momentos de la historia en que América Latina alzó la voz como si su inteligencia, sus emociones y su lengua fueran una sola. Cada vez que el continente podía hablar al unísono, despuntaba en la cultura una nueva edad de oro. Sucedió en las décadas de lucha por la Independencia. Sucedió en los años del primer centenario de las revoluciones nacionales (que fueron también los años de la revolución mexicana), cuando los grandes poetas de América acudían a Buenos Aires para celebrar la inminente grandeza de nuestras naciones; también sucedió en los años 60, cuando la revolución cubana nos encendió el espíritu y La Habana se convirtió en el viento que parecía poner fin a todas las mordazas de la inteligencia. Y también, aunque de un modo más desordenado y clandestino, sucedió en los aciagos 70, cuando las dictaduras militares arrojaron su sombra sobre todos nosotros y sólo la conciencia de que estábamos juntos nos ayudaba a resistir.
Una de las secretas fuerzas del periodismo de buena ley es su capacidad para fortalecerse en la adversidad, para soslayar las censuras y las mordazas, para cantar cuatro verdades y seguir siendo incorruptible e insumisa cuando a su alrededor todos callan, se someten y se corrompen. Se han probado ya las más diversas armas para acallar su voz incómoda: se lo ha reprimido con la prisión, con el cepo, con la hoguera; se lo ha tratado de espantar con bombas a medianoche y asesinatos en el resguardo de las redacciones; se han probado el soborno, la seducción de los premios y de los honores, el hospicio, las amenazas de muerte, el exilio, sin conseguir que el periodismo sepulte o domestique sus verdades. Una de las últimas estrategias del Poder fue simular indiferencia. Cada vez que el periodismo alzaba su voz, el Poder no oía. La sordera, los desaparecidos y la simulación de ignorancia ante los crímenes del Estado fueron las grandes contribuciones de las dictaduras militares del Cono Sur a la historia política. Cuando el Poder se declara iletrado, cuando el Poder no lee, la escritura no lo lastima. Algunas democracias neoliberales han asimilado esa lección.
Hasta hace cuatro décadas, las páginas culturales eran el único espacio de libertad en los medios. Los empresarios menos conformistas acuñaron por entonces un precepto que pronto se convirtió en patrón de conducta: según esa regla de oro, los periódicos debían ser independientes en sus informaciones políticas y conservadores en las secciones económicas. Con la cultura se podía ser osado, utópico, rebelde o «de izquierda», como solía decirse entonces. A la cultura nadie le prestaba demasiada atención. La cultura era la loca de la casa.
El advenimiento de la revolución cubana alteró esos códigos de comportamiento, porque la cultura comenzó a convertirse en un espacio incontrolable de debate político. En el siglo XIX, el Poder podía enmendar o tomar a la ligera los testimonios del periodista. Un ejemplo memorable de ese desdén fue la actitud que asumió el editor del diario La Nación de Buenos Aires, Bartolomé Mitre, cuando José Martí envió desde Estados unidos una crónica sobre las elecciones presidenciales de 1880. Como lo que Martí relataba era un proceso democrático, Mitre neutralizó la información con un título que la negaba como verdad: «Narraciones fantásticas». Inseguro de la eficacia de su advertencia, añadió esta aclaración: «Martí ha querido darnos una prueba del poder creador de su privilegiada imaginación enviándonos una fantasía que, por lo ingenioso del animado y pintoresco del desarrollo escénico, se impone al interés del lector. Solamente a José Martí, el escritor original y siempre nuevo, podría ocurrírsele pintar a un pueblo, en los días adelantados que alcanzamos, entregado a las ridículas funciones electorales...»
En la segunda mitad de este siglo, en cambio, la amplitud y celeridad de los mecanismos informativos impidió que los textos quedaran sometidos a las manipulaciones que padeció Martí. Los escritores entablaron un diálogo de igual a igual con el Poder, y las crónicas de los corresponsales-escritores dejaron de tener la función inocua e inofensiva que se les había adjudicado.
Hacia atrás, a lo largo de todo el pasado, el Poder había podido imponer su voluntad impunemente. La escritura de la historia era, en última instancia, la escritura del Poder. Cuando la escritura transgredía las conveniencias del Poder, se la suprimía, se la vetaba, se la silenciaba. A sor Juana Inés de la Cruz le vetaron el saber y el decir. Se lo vetaron por mujer, porque una mujer no podía saber. Y se lo vetaron por monja, porque una monja no tenía derecho a decir. A fray Servando Teresa de Mier le prohibieron los sermones y a Simón Rodríguez le censuraron las enseñanzas porque en ambos las palabras eran como una llama sin freno: quemaban todo lo que tocaban. Se les llamó locos, porque la trasgresión y el coraje han sido siempre para el Poder lenguajes de locura, como bien lo supieron las Madres de la Plaza de Mayo --«las locas»-- cada vez que alzaron la voz.
No bien la escritura se dio cuenta de que podía entablar un diálogo de igual con el Poder, se multiplicaron las estrategias para cerrarle el camino. En un libro memorable, Idea de la Historia, el filósofo inglés Robin George Collingwood advirtió que «sólo lo que se escribe es histórico», sólo lo que ha sido escrito permanece. En el pasado, bastaba con prohibir o excomulgar: la amenaza del patíbulo garantizaba el silencio de los insumisos. Pero ahora, ¿qué podía hacer el Poder? Se imaginaron diversos recursos: las asfixias económicas, los vetos publicitarios, la suspensión, el cierre o la mera compra de los medios, las coimas, mordidas o palangres, las ofertas de cargos públicos, para citar sólo aquellos recursos que parecen más civilizados. Una forma sutil y sinuosa de neutralizar el vigor de la palabra fue apagar ese vigor desde su propio nacimiento. Para lograrlo, se incitó al escritor a que descuidara su instrumento. A un escritor que desafina nadie lo lee.
En los tiempos en que Collingwood publicó su Idea de la historia, se dividieron las aguas de la inteligencia. Algunos creadores se declararon impotentes ante la barbarie del poder y partieron al exilio, para salvar la dignidad o, en los casos extremos, para salvar la vida. Es el camino que emprendieron Thomas Mann, Fritz Lang, Bela Bartok, Hermann Broch. Otros inclinaron la cerviz y se entregaron, como parece haber sucedido con Heidegger y con Richard Strauss. Otros supusieron erradamente que debían sacrificar lo que pensaban o callar lo que veían en nombre de un proyecto político superior. A esa tentación cedieron miles de los mejores intelectuales de Occidente, seducidos por los espejismos del «padrecito Stalin», con excepciones tan honrosas y singulares como la de André Gide. Se creía entonces que era preciso callar en nombre de cierta conveniencia política, de cierto futuro, sin advertir que no hay modo más brutal de enajenar el propio futuro que el silencio, puesto que el silencio siempre acaba convirtiéndose en complicidad.
Es verdad que, en algunos casos, la brutalidad del Poder impone la retórica excluyente del silencio. Para poder hablar después hay que sobrevivir ahora. Ésa fue la desgarradora alternativa que afrontaron los internados de los campos de concentración, donde quiera existieron esos campos: en Auschwitz, en la isla Dawson, en las «peceras» de Buenos Aires. ¿Enfrentarse al Poder con la certeza de la derrota o fingir resignación ante el Poder para dar luego testimonio de la ignominia? Pero cuando el silencio dura demasiado tiempo, la palabra corre el riesgo de contaminarse, de volverse cómplice. Para hablar hace falta valor, y para tener valor hace falta tener valores. Sin valores, más vale callar.
Hace poco más de diez años, a medida que se iba reconquistando la democracia en Brasil, Uruguay, Argentina, Chile o Bolivia, algunos periodistas pensaron que debían callar los errores de la democracia porque la sombra de las dictaduras militares todavía se alzaba en el horizonte y señalar los tropiezos de algo por lo que tanto se había luchado y que era tan fresco aún, tan inmaduro, equivalía a una traición. Para cuidar la democracia, se pensaba, era preciso disimular los pasos en falso de la democracia. Y sin embargo, nada es menos democrático que callar. ¿Qué sentido tendría proteger a la democracia privándola de su razón de ser: la libertad de pensar, de expresar, de saber? ¿Para qué queremos la democracia si no nos atrevemos a vivirla?
Hay que cuidar las formas, me repetía un jefe de redacción en el diario donde me inicié cuando era adolescente. Hay que conciliar, me decía, hay que entender el juego del Poder. Esa fue la primera enseñanza contra la cual me sublevé. Siempre he pensado (y éste es un tema para discutir largamente) que el periodismo no tiene sino dos formas que cuidar: la de su herramienta --el lenguaje--; y la de su ética, que no responde a otro interés que el de la verdad. No tiene por qué conciliar, con nada ni con nadie. Su misión es en eso idéntica a la del artista: revelar los abismos y las luces más secretos del hombre, agitar las aguas, estimular la imaginación, provocar el cambio, luchar sin sosiego para que las perezas y los conformismos que adormecen la inteligencia sean derribados con el mismo estrépito liberador que hace tres milenios hizo caer las murallas de Jericó.
Si el periodista concilia, si transa con el Poder, si se vuelve cómplice de la mentira y de la injusticia, no sólo está traicionándose a sí mismo. Traiciona, sobre todo, la fe que el lector ha puesto en él, y con eso destroza el mejor argumento de su legitimidad y el único escudo de su fortaleza.
Entre la misión del artista y la del periodista hay, sin embargo, una diferencia esencial: la naturaleza del diálogo que cada uno de ellos establece con el público. Para el artista, crear pensando sólo en el éxito es algo suicida, porque cuando el arte trata de satisfacer a todo el mundo termina por no satisfacer a nadie. El diálogo entre la obra de arte y el público nace sólo cuando la obra ya está terminada. Hasta ese momento, nada debe contar para el artista: ni la música de los aplausos ni los halagos de lo que está de moda. Lo único que importa en el momento de la creación es la fidelidad del artista a lo que él es.
El periodista, en cambio, está obligado a pensar todo el tiempo en su lector, porque si no supiera cómo es ese lector, ¿de qué manera podría responder a sus preguntas? En el periodista, entonces, hay una alianza de fidelidades: fidelidad a la propia conciencia, fidelidad al lector y fidelidad a la verdad. El lector es siempre un factor mucho más activo y exigente de lo que algunos empresarios suelen suponer. A la avidez de conocimiento del lector no se la sacia con el escándalo sino con la investigación honesta, no se le aplaca con golpes de efecto sino con la narración de cada hecho dentro de su contexto y de sus antecedentes. Al lector no se lo distrae con fuegos de artificio o con denuncias estrepitosas que se desvanecen al día siguiente, sino que se lo respeta con la información precisa. Cada vez que un periodista arroja leña en el fuego fatuo del escándalo está apagando con cenizas el fuego genuino de la información. El periodismo no es un circo para exhibirse, sino un instrumento para pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida más digna y menos injusta.
Porque, a semejanza del artista, el periodista es también un productor de pensamiento. En este fin de siglo neoliberal tan orgulloso de sus certezas, tan convencido de que ya hemos llegado al «fin de la historia», la cultura tiene la misión de ver la realidad como una enorme interrogación, como una perpetua duda, y de imaginar el futuro como una incesante utopía. El hombre se ha movido en las oscuridades de la historia a golpes de utopía, y la utopía es lo que ha permitido al hombre seguir teniendo fe en la historia.
En casi cada país de América Latina que he visitado me dicen que estos son los tiempos más difíciles que se han vivido. ¿Alguna vez, sin embargo, nuestros tiempos han sido de otro modo? Los tiempos difíciles suelen ser aquellos en que uno se formula las preguntas importantes y en que, para sobrevivir, necesita contestar a esas preguntas lo antes posible. Cuando Atenas produjo las bases de la civilización, afrontaba conflictos políticos y padecía a líderes demagógicos semejantes a muchos de los que hoy se ven por estas latitudes. Y sin embargo, Aristóteles imaginó las premisas de la democracia a partir de los rasgos que tenía entonces Atenas. En el siglo XVII nadie podía imaginar tampoco hacia dónde se encaminaba Inglaterra. Se sucedían las guerras de religión y de conquista, los reyes iban y venían del cadalso, pero del magma de esas convulsiones brotaron las grandes preguntas de la modernidad y las geniales respuestas de Locke, de Hume, de Francis Bacon, de Newton, de Leibniz y de Berkeley. Del caos de aquellos años nacieron las luces de los tres siglos siguientes.
Algo semejante está sucediendo ahora en América Latina. Cuando más afuera de la historia parecemos, más sumidos estamos --sin embargo-- en el corazón mismo de los grandes procesos de cambio. En tanto periodistas, en tanto intelectuales, nuestro papel, como siempre, es el de testigos. Somos testigos privilegiados. Por eso es tan importante conservar la calma y abrir los ojos: porque somos los sismógrafos de un temblor cuya fuerza viene de los pueblos.
Hacia dónde nos están llevando los vientos de la historia es algo difícil de ver o predecir ahora. Sólo sé que en este confuso filo del milenio, tenemos que ponernos a pensar juntos. Es preciso renovar las utopías que languidecen en el cansado corazón del hombre. Una de las peores afrentas a la inteligencia humana es que sigamos siendo incapaces la libertad y en la justicia. No me resigno a que se hable de libertad afirmando que para tenerla debemos sacrificar la justicia, ni que se prometa justicia admitiendo que para alcanzarla hay que amordazar la libertad. El hombre, que ha encontrado respuesta para los más complejos enigmas de la naturaleza no puede fracasar ante ese problema de sentido común.
Ya que fue cerca de aquí, en Caracas, donde el periodismo latinoamericano tomó conciencia por primera vez, hace treinta y siete años, de que podíamos narrar el mundo a nuestra manera, con un lenguaje que no se parecía a ningún otro, me parece justo que sea aquí, en Cartagena donde al fin de cuentas empezó esa historia, donde afirmemos nuestro derecho a reclamar un mundo que no se parezca a ningún otro, y que pongamos nuestra palabra de pie para ayudar
a crearlo.

* Discurso ofrecido en el Taller-Seminario Situaciones de crisis en medios impresos, dictado en Santa Fe de Bogotá del 11 al 15 de marzo de 1996.